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¿Qué enseñamos cuando enseñamos arte?

¿Qué enseñamos cuando enseñamos arte?

Si la creación artística constituye una forma de pensamiento, cabe preguntar qué parte de ese pensamiento puede ser objeto de enseñanza. La respuesta exige distinguir entre el funcionamiento de los dispositivos de configuración de imagenes y aquello que cada individuo decide hacer con ellos.

Quien enseña pintura puede enseñar cómo funcionan el color, la composición, la luz, la materia o la relación entre figura y fondo. Quien enseña dibujo puede ocuparse de la línea, el espacio, el gesto, la estructura, la síntesis o la transformación de las formas. En escritura pueden enseñarse la sintaxis, el ritmo, la estructura, la voz narrativa o las posibilidades de la descripción. Se trata de conocimientos acerca de las operaciones mediante las cuales una creación artística puede llegar a constituirse.

Ese conocimiento es enseñable porque puede mostrarse, ejercitarse, compararse y discutirse. El estudiante puede aprender cómo funciona un dispositivo creativo, reconocer sus posibilidades y adquirir progresivamente capacidad para utilizarlo. Puede llegar a comprender, por ejemplo, cómo una modificación del color transforma una relación espacial o cómo una determinada estructura narrativa modifica la experiencia de un texto.

Lo que el estudiante haga con ese conocimiento pertenece a otro ámbito. El profesor puede enseñar cómo funciona el dispositivo pictórico, pero no qué debe pintar el estudiante con él. Puede enseñar las posibilidades de la escritura, pero no qué debe decir cada individuo mediante ella. La elección del tema, la posición ante el mundo, las preocupaciones personales y aquello que cada quien quiera investigar o expresar pertenecen al espacio de la construcción individual del sujeto que crea.

La diferencia parece elemental, pero tiene consecuencias importantes para la educación artística. Una cosa es proporcionar al estudiante conocimientos que amplíen su capacidad de crear y otra transmitirle de antemano los contenidos que debe desarrollar mediante esa capacidad. En el primer caso se enseña arte; en el segundo pueden estar enseñándose ideas acerca de aquello que el arte debería pensar o decir.

Esto permite establecer también una relación distinta entre arte e ideología. La ideología puede ser objeto del arte, del mismo modo que pueden serlo la religión, la política, la memoria, el cuerpo, la naturaleza o cualquier experiencia humana. Un estudiante puede convertir cualquiera de estos asuntos en materia de su trabajo. Pero la elección de una posición ideológica no constituye por sí misma conocimiento artístico. Lo propiamente artístico se encuentra en la manera como esa posición llega a ser elaborada mediante los dispositivos de configuración de una imagen.

Por eso, enseñar arte no requiere enseñar una determinada concepción del mundo. Requiere enseñar al estudiante a comprender y manejar las posibilidades del lenguaje con el que va a configurar sus propias creaciones. Cuanto mayor sea su conocimiento de esas posibilidades, mayor será su libertad para decidir qué hacer con ellas.

El profesor enseña el funcionamiento del dispositivo; el estudiante decide qué hacer con él. Esa diferencia preserva simultáneamente la especificidad del conocimiento artístico y la autonomía intelectual de quien aprende.

Enseñar arte es enseñar las posibilidades de la creación, no determinar aquello que cada persona debe crear.


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