¿Qué conocimiento es propiamente artístico?
Una pregunta fundamental para la educación artística es qué conocimiento le corresponde enseñar.
La cuestión adquiere especial relevancia en un campo que ha incorporado progresivamente aportes de los estudios culturales, los estudios visuales, la teoría de la imagen, la antropología, los estudios de género, el pensamiento decolonial y otras áreas de las humanidades y de las ciencias sociales. Estos saberes pueden enriquecer de forma importante la comprensión de las prácticas artísticas; sin embargo, su presencia plantea una cuestión epistemológica que hoy corre el riesgo de quedar sin respuesta: ¿qué conocimiento es específicamente artístico y, por tanto, constituye el objeto propio de la enseñanza de las artes?
La pregunta difiere de pretender establecer una definición excluyente del arte o de cuestionar la legitimidad de unas prácticas artísticas sobre otras. Se refiere más bien a una cuestión más precisa: si una disciplina puede incorporar conocimientos procedentes de otros campos, necesita poder identificar también aquello que constituye su especificidad.
En ese sentido, la educación artística no puede definirse únicamente por enseñar ideas acerca del arte, de las imágenes o de los problemas culturales que las obras o las imágenes pueden abordar, porque también dichas ideas pueden constituirse y enseñarse desde otras disciplinas académicas. Lo que determina la especificidad de la educación artística es aquello que solo puede conocerse plenamente mediante una práctica específica de la disciplina: la puesta en acción de la creación artística.
Podemos distinguir, entonces, conocimiento sobre el arte de conocimiento artístico. El primero comprende la historia, la teoría, la crítica, los estudios culturales, la sociología de las instituciones artísticas o el análisis de las imágenes en sus contextos sociales y políticos. Se trata de saberes relevantes para la formación en artes, pero no constituyen necesariamente el saber que define el campo. El segundo es el que se produce en las prácticas de creación: un conocimiento que no se limita a reflexionar sobre una imagen o una creación ya existente, sino que se constituye en el proceso mismo de producirla.
En las artes visuales, ese conocimiento se refiere fundamentalmente a los procesos de configuración de imágenes. Configurar una imagen es un proceso diferente a simplemente realizar una representación o a trabajar con determinados materiales de acuerdo con técnicas preestablecidas. Una instalación, una performance, una pintura o una imagen digital implican distintas operaciones mediante las cuales se organizan elementos visuales, espaciales, temporales, materiales o corporales. Los medios, las tecnologías y las teorías cambian, pero permanece el problema de elaborar una imagen que antes no existía.
La importancia de esta distinción radica en que la práctica de creación se distancia de la simple aplicación de conocimientos adquiridos previamente. Durante el proceso de configuración de una imagen aparecen problemas que obligan a percibir, decidir, experimentar, corregir y volver a decidir. Una modificación cromática puede alterar una composición; un cambio de escala puede transformar el sentido de una figura; una determinada relación espacial puede revelar una posibilidad que no estaba prevista en un principio. El artista aprende, en el proceso, aquello que no podía conocer completamente antes de realizar la operación, y la misma puede alterar no solo la forma sino el contenido de una determinada propuesta. La creación artística es, por tanto, una forma de producción de conocimiento que surge en el puente generado entre la producción formal y las ideas.
Desde esta perspectiva, uno de los problemas de la educación artística no consiste en limitarse a transmitir técnicas, pero tampoco en sustituirlas por saberes provenientes de otras disciplinas. El problema aparece cuando la práctica artística se entiende como la aplicación de procedimientos preestablecidos y, en reacción a ello, el aprendizaje de otros saberes termina ocupando el lugar de la experiencia de creación. Una formación puede producir estudiantes capaces de repetir procedimientos técnicos o de interpretar imágenes, analizar relaciones de poder, discutir problemas de género o comprender fenómenos culturales y, sin embargo, dejar en segundo plano aquello que distingue específicamente el aprendizaje artístico: aprender a configurar imágenes y a producir conocimiento mediante una elaboración que vincula forma y contenido.
Esto permite formular una cuestión curricular sencilla pero decisiva: ¿qué conocimiento propiamente artístico adquiere el estudiante de educación artística?
La pregunta se refiere al núcleo sobre el cual giran la teoría, la historia, la crítica y los saberes provenientes de otras disciplinas. Pretende establecer su relación con la especificidad de la formación. La teoría puede iluminar la práctica; la historia puede ampliar su horizonte; la crítica puede hacer consciente el proceso; los estudios culturales pueden introducir nuevos problemas. Pero ninguna de estas dimensiones sustituye el conocimiento que solamente puede constituirse en el ejercicio creativo.
Por ello, la tarea fundamental del profesor de artes consiste en introducir al estudiante en los problemas propios de la creación artística y plantear las condiciones pedagógicas para que pueda aprender de la generación de sentido a través de ella. De este modo, enseñar arte no consiste solamente en transmitir contenidos sobre el arte o las imágenes, sino en introducir al estudiante en una forma específica de pensamiento que se desarrolla mediante la práctica creativa.
La cuestión central de la educación en artes puede formularse, entonces, de manera muy sencilla: si enseñar arte no se centra en enseñar aquello que se aprende mediante la creación artística, ¿qué es exactamente lo que hace artística a esa educación?
Mantener abierta esta pregunta resulta indispensable para que la ampliación interdisciplinaria del campo no termine haciendo invisible aquello que constituye su especificidad.