Pensar más allá de las consignas
Quisiera hoy plantear una cuestión más profunda que la simple molestia por que se utilicen determinadas palabras para descalificar políticamente a los demás.
Me gustaría considerar un problema actual de formación intelectual: estudiantes que aprenden a manejar un vocabulario político específico, pero que no necesariamente poseen los conocimientos históricos, económicos o conceptuales necesarios para utilizarlo con precisión.
Por ejemplo, saber que «fascista» es una palabra asociada con una valoración política negativa hacia una persona es una cosa. Saber qué fue el fascismo italiano, qué relación tuvo con el nacionalismo, el Estado, la violencia política en la Europa de principios del siglo XX, el anticomunismo, qué diferencias tuvo con el nazismo, cómo se opuso al pensamiento liberal y por qué no es simplemente un sinónimo de «persona de derecha» es otra completamente distinta.
Lo mismo ocurre con la economía. Alguien puede manejar expresiones como neoliberalismo, capitalismo, explotación, imperialismo, clase, privatización o mercado y, sin embargo, tener una comprensión muy pobre de cómo funcionan realmente una economía, los precios, el capital, la productividad, los incentivos, la inflación o el comercio internacional, por no decir que es posible que sepa muy poco o incluso nada de las diferentes escuelas de pensamiento económico que han abordado estas cuestiones.
Y aquí haría una pequeña precisión a ese diagnóstico: no toda esta configuración educativa puede atribuirse necesariamente a «la izquierda», como parecería deducirse de mi exposición hasta ahora.
Puede existir un ambiente académico donde determinadas categorías de izquierda sean predominantes, pero el problema de la formación intelectual es más amplio: cuando una tradición política proporciona el vocabulario a los estudiantes antes de proporcionar el conocimiento que permite comprenderlo histórica y críticamente, dicho vocabulario puede convertirse en una especie de sustituto del pensamiento.
Y ello puede ocurrir con léxicos de izquierda, de derecha, religiosos, nacionalistas, libertarios y otros.
Podríamos considerar así una cuestión especialmente importante en este asunto: la universidad debería ampliar el mundo intelectual del estudiante, no simplemente proporcionarle un vocabulario para describir el mundo que ya cree conocer.
Y para eso hace falta una serie de conocimientos y prácticas bastante poco espectaculares, pero que parecen diluidas en el afán de estar a la vanguardia de las tendencias académicas que parecen más apremiantes. En ese sentido, volver al estudio de la historia, de la economía, de la filosofía, de la literatura y del arte, convocando una contextualización amplia y contrastando diferentes perspectivas, podría permitirnos construir unos conocimientos generales que nos ayuden a orientarnos.
Porque si un estudiante conoce solamente una explicación del capitalismo, una explicación del fascismo, una explicación del colonialismo, una explicación de la historia y una explicación de la política, puede terminar creyendo que posee una visión crítica cuando en realidad posee un único marco interpretativo aplicado repetidamente a objetos diferentes.
Eso es particularmente problemático en una universidad pública, precisamente porque allí debería existir la posibilidad de encontrarse con ideas que contradigan las propias.
Y hay una ironía bastante grande en todo esto: si los estudiantes posteriormente se convierten en profesores, pueden reproducir exactamente la misma pobreza conceptual que recibieron. El profesor transmite determinadas categorías; el estudiante las aprende; después se convierte en profesor y vuelve a transmitirlas. Así se puede producir una tradición intelectual que se reproduce durante generaciones sin que nadie vuelva a preguntar seriamente qué significan las palabras.
Aquí aparece una cuestión que va mucho más allá de las disputas políticas concretas que puedan surgir en una universidad. Se trata de cómo se forma —o se deforma— una cultura intelectual.
Y esa cuestión se relaciona de forma directa con una de las grandes aportaciones de la tradición liberal: la idea de que una sociedad intelectualmente sana necesita pluralidad de perspectivas y capacidad individual para examinar las ideas recibidas.
Eso es mucho más exigente que enseñar a los estudiantes qué posición política deben adoptar. Requiere enseñarles a pensar suficientemente bien como para poder cambiar de posición cuando los argumentos o la evidencia lo exijan.