Cuando el conflicto invade el espacio académico
Hay ambientes educativos que terminan volviéndose difíciles cuando determinadas formas de tramitar las diferencias empiezan a deteriorar las condiciones mismas de convivencia. Una cosa es que estudiantes y profesores discrepen sobre ideas políticas, posiciones académicas, métodos y contenidos de enseñanza o interpretaciones del mundo; otra muy distinta es que los conflictos y señalamientos relacionados con la vida privada, personal o política de los docentes terminen penetrando en el espacio laboral y académico, convirtiendo los lugares destinados al aprendizaje en escenarios de exposición, señalamiento y confrontación personal.
Cuando esto ocurre, el problema deja de ser simplemente una diferencia de opiniones. El espacio laboral y académico pierde su sentido profesional: el lugar destinado al estudio, al trabajo, la enseñanza y la discusión de ideas comienza a ser ocupado por conflictos, señalamientos y confrontaciones que nada tienen que ver con el ejercicio académico. Las redes sociales, las opiniones personales o las posiciones políticas de un profesor pueden ser objeto de discusión pública, pero trasladar esa discusión hasta su lugar de trabajo para convertirlo allí en objeto de señalamientos constituye una forma particularmente problemática de relacionarse con el otro. El hecho de que alguien sea profesor no significa que haya dejado de ser una persona que tiene vida privada, opiniones propias o derecho a desenvolverse fuera de la institución sin que cada aspecto de su vida sea convertido en material para su escrutinio y exposición dentro de ella.
A esto se suma un problema que merece ser discutido con mayor franqueza: el pluralismo político no debería existir solamente como principio escrito, sino también como experiencia cotidiana de la comunidad universitaria. Cuando en los espacios públicos de una institución se hace visible de manera reiterada una determinada tendencia política, mientras otras posiciones no encuentran prácticamente ninguna representación o aparecen acompañadas de señalamientos y descalificaciones, se produce una asimetría que empobrece el debate intelectual y académico. Una universidad que se propone formar ciudadanos críticos debería ofrecer condiciones para que distintas concepciones políticas puedan coexistir tranquilamente, estudiarse con rigor histórico, expresarse, ser discutidas y también ser cuestionadas, sin que una de ellas termine funcionando de hecho como el único lenguaje legítimo de la comunidad y las demás como posiciones que deben permanecer silenciosas y silenciadas. Una pluralidad que admite una única voz y tolera ocasionalmente alguna discrepancia termina haciendo muy difícil la coexistencia pública de perspectivas diferentes.
También hay una diferencia entre la crítica y la grosería, entre el desacuerdo y la hostilidad, entre cuestionar una idea y construir una representación pública de la persona que la sostiene. Una comunidad académica necesita poder soportar el desacuerdo precisamente porque su función consiste, entre otras cosas, en poner las ideas en discusión. Cuando la discusión abandona las ideas para concentrarse en descalificar, etiquetar, señalar o exhibir personas, el ambiente educativo se empobrece y aparecen formas de discriminación que pueden terminar normalizándose como si fueran parte natural de la vida universitaria.
Por eso resulta necesario preguntarse qué clase de ambiente estamos construyendo en la Universidad Pedagógica. No basta con hablar de inclusión, respeto y diversidad en términos abstractos si, en la práctica, determinados profesores pueden convertirse en blanco de señalamientos por sus opiniones, sus posiciones políticas o aspectos de su vida que nada tienen que ver ni con el espacio universitario ni con su ejercicio docente. El respeto consiste también en reconocer que el otro tiene derecho a existir dentro de la comunidad sin tener que someter cada dimensión de su existencia o sus opiniones a la aprobación del grupo.
Una institución educativa debería ser capaz de albergar desacuerdos intensos sin convertirlos en hostilidad permanente, puesto que, de otra forma, puede convertirse en un espacio de trabajo altamente tóxico. La universidad debería ser un lugar donde sea posible discutir incluso aquello que incomoda, sin que la discrepancia termine contaminando las relaciones básicas de convivencia. Cuando los conflictos externos penetran el espacio académico y laboral hasta convertirlo en un escenario de señalamiento personal, estamos ante un problema que merece ser discutido institucionalmente.
Y quizá precisamente por eso sea necesario recuperar una idea que aprendí de mi abuelo, Arturo Camargo Castro, quien fue también profesor y rector de la Universidad Pedagógica Nacional en otro tiempo: la universidad debe ser un lugar donde podamos discutir las ideas sin convertir a las personas en el objeto de la disputa.