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El profesor como bibliotecario

El profesor como bibliotecario

En El nombre de la rosa, Jorge de Burgos custodia la biblioteca de la abadía como quien custodia un territorio peligroso. Entre tantos libros existe uno que considera que debe permanecer oculto, por las desviaciones que podría llegar a causar. 

Tal escena parece contener una idea inquietante: quien tiene la responsabilidad de custodiar el conocimiento puede terminar creyendo que también tiene derecho a decidir qué conocimiento puede llegar a otros.

Sobre ello podríamos imaginar una pedagogía donde el profesor fuese una especie de bibliotecario que custodia el saber humano y permite recorrer las estanterías con generosidad y sin dirigismos.

El profesor recibe una biblioteca por cuidar cuyos volúmenes sobrepasan su propio conocimiento. Todos esos libros fueron escritos por personas de otras épocas y otras culturas, y el profesor sabe que hay ideas que provienen de todo tipo de tradiciones intelectuales. Algunos coincidirán con las convicciones y saberes que él tiene; otros hablarán de temas que desconoce o incluso que detesta. Algunos libros estarán cubiertos de polvo. Habrá también otros recientes, comprados hace poco, que todavía no han encontrado su lugar en las estanterías.

El profesor permanece en esa biblioteca como guardián de una riqueza que lo sobrepasa y que debe proteger, pues pertenece a la memoria intelectual de la humanidad.

Por tanto, el profesor-bibliotecario cuida dicho patrimonio manteniendo la biblioteca entera y abierta. A veces, en su trabajo, se encuentra desempolvando aquellos libros que han quedado olvidados, recuperando autores que una época dejó de leer y poniendo nuevamente en algún atril escritos que quizá ya no gozan de prestigio. La actualidad de un libro no garantiza su importancia. La historia intelectual está llena de obras que regresaron después de décadas o siglos de silencio.

El profesor-bibliotecario conserva y ofrece no solo los libros que personalmente le interesan, sino también aquellos que no le llaman la atención o incluso esos otros que contradicen sus propias ideas y creencias. Él mismo puede encontrar una interpretación histórica que le parece profundamente discutible en algún volumen y, aun así, reconocer que forma parte de una tradición intelectual que debe conservar y, por lo mismo, dejar tal libro visible para que algún estudiante lo encuentre según su propia búsqueda.

Hay una forma particular de generosidad en ese gesto: ofrecer al estudiante un libro que podría llevarlo a pensar de manera diferente a como piensa el custodio del saber.

El profesor-bibliotecario conoce también, en parte, las relaciones entre los libros. Sabe que hay ideas que nacieron como respuesta a otras, que una obra puede conversar con otra escrita siglos después y que una tradición intelectual se comprende mejor cuando se escuchan también las voces que la contradicen. La biblioteca contiene una polifonía de acuerdos y desacuerdos y, precisamente por eso, tiene vida. Su orden no depende de que todos los libros tengan que obedecer a una misma sinfonía o responder a una misma dirección.

Aprender a buscar forma parte de la apertura a la que invita el profesor-bibliotecario. Este facilita la deriva: el estudiante puede entrar en la biblioteca y terminar encontrando, durante la búsqueda, un libro que, como un tesoro, nadie le había señalado. Puede desviarse hacia otra estantería, perderse durante un tiempo y descubrir allí una pregunta que no sabía que quería hacerse.

El éxito del profesor-bibliotecario no consiste en señalar qué se debe leer, qué conviene evitar, qué estantería es más interesante o cuál está prohibida. El profesor-bibliotecario busca que el estudiante aprenda a orientarse por sí mismo entre los estantes, como si recorriera un laberinto en el cual él mismo se está buscando.

Las quemas de libros representan el gesto contrario a la custodia y a la apertura del laberinto. Allí donde un poder decide que determinados libros deben desaparecer o esconderse porque sus ideas resultan intolerables, también se destruye la posibilidad de que las generaciones posteriores puedan leerlos y discutirlos.

El profesor-bibliotecario se encuentra frente a una responsabilidad sencilla de formular y difícil de cumplir: mantener abierta la biblioteca, incluso cuando algunos de sus libros contradicen sus propias convicciones y gustos.

Por eso la amplitud intelectual importa tanto y desborda las posiciones políticas del custodio del conocimiento. Quizá su tarea más profunda consista precisamente en eso: abrir las puertas de una biblioteca que es mucho más grande que él y entregar al estudiante las llaves para que pueda recorrerla por su cuenta, enfrentando lo que haya que enfrentar hasta, quizás, encontrarse a sí mismo.


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