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Cuando estudiar artes era descubrir un mundo

 

Cuando estudiar artes era descubrir un mundo


En 1994, cuando atravesé por primera vez la puerta del Taller Experimental I de la Universidad Nacional de Colombia, tuve la sensación de haber entrado en otro mundo. Bastaba entrar en ese edificio para que el universo habitual quedara atrás y se presentara un territorio que parecía obedecer a leyes desconocidas. Estudiar artes en aquella época no consistía solamente en ir a clases de dibujo, pintura o historia del arte. Al otro lado de la entrada se extendía un paisaje poblado por ideas y materiales de todo tipo, imágenes desconcertantes que se iban configurando, profesores excéntricos y estudiantes capaces de trabajar durante semanas en proyectos obsesivos, como si cada uno hubiera recibido una escafandra para internarse en las profundidades de una imaginación que apenas comenzaba a abrirse y que parecía no haber sido explorada jamás.

No recuerdo aquella época como una edad dorada. Sería absurdo convertir los años noventa en una Arcadia universitaria que nunca existió, porque también había clases que se extraviaban en la lentitud de una mala dirección, ejercicios que parecían no conducir a ninguna parte y horas enteras que se consumían sin que ocurriera gran cosa. Un amigo, por ejemplo, pasó todo un semestre, sin mucha orientación, taladrando una pared hasta dejarla como un queso lleno de agujeros, para descubrir finalmente que detrás del hormigón no había absolutamente nada. 

Pero incluso con aquellos extravíos, conservo de esos años una sensación de amplitud que, después de tanto tiempo de enseñanza, sigo considerando preciosa: la impresión de que una escuela de artes podía ser un territorio abierto en todas las direcciones, un lugar en el que nadie había terminado de levantar los mapas y en el que todavía era posible internarse, con ingenuidad y curiosidad, hacia regiones experimentales que se abrían constantemente.

Durante muchos años pensé que la educación artística que había recibido en los años noventa tenía enormes carencias. Hoy, después de haber enseñado durante tanto tiempo, empiezo a mirar aquellas carencias de otra manera. Algunas, incluso, me parecen menores frente a lo que puede ocurrir cuando una escuela pierde la confianza en la experiencia misma de hacer arte. Quizá por eso, al recordar aquellos años, vuelvo una y otra vez a la materia, a los objetos y a las imágenes que poblaban los talleres.

En aquella época, los materiales parecían no tener dueño. Todo podía entrar en el taller y reclamar allí una segunda vida: espuma, pelo humano, fémures de vaca, frutas, registros de ortodoncia, fotos de transformaciones corporales, restos industriales, objetos encontrados, fragmentos que habían perdido su función y que, una vez puestos sobre una mesa o suspendidos del techo, adquirían un nuevo aire. La materia llegaba de todas partes al taller y allí parecía recibir un pasaporte para entrar en el territorio del arte y ser transformada. Bastaba con encontrar una relación insólita entre dos elementos para que apareciera un territorio nuevo.

Recuerdo compañeros que desde los primeros días comenzaron a levantar instalaciones con cajas, hasta convertirlas en túneles que atravesaban el taller y obligaban a los demás a internarse por ellos, como si el edificio hubiera comenzado a desarrollar órganos nuevos. Recuerdo a un amigo que construyó una serie de plantas carnívoras de espuma tan desmesuradas que terminaron ocupando prácticamente todo el espacio disponible. Había que caminar alrededor de ellas, agacharse, rodearlas por detrás, cambiar de perspectiva para comprender dónde terminaba un tallo y comenzaba aquella criatura vegetal que parecía haber crecido demasiado para el mundo que la contenía.

En otro lugar del taller algunos habían instalado un columpio y otro compañero había dispuesto una buena colchoneta en un rincón, como si aquel espacio pudiera convertirse también en dormitorio. Aparecían a veces en el campus figuras de cerámica, monolitos recién cocidos, con el aire remoto de esculturas precolombinas, formas que parecían haber sobrevivido al naufragio de una civilización que ya nadie recordaba. Más allá, en algún corredor, podían levantarse andamios para pintar sobre los techos. Algunos estudiantes trabajaban durante días en grandes murales de cuerpos retorcidos en las partes altas del segundo piso y,  encaramados en andamios, parecían entregados a una tarea proveniente de otros siglos. Mientras tanto, cerca de allí, algunas compañeras en otra sala podían estar preparando un performance inspirado en una pasarela de modas cuyo desenlace nadie habría podido anticipar.

Y todo aquello ocurría al mismo tiempo.

Esa simultaneidad es quizá una de las cosas que más recuerdo. No había una sola manera de entender qué significaba hacer arte. Los profesores, al menos en aquellos momentos que conservo con mayor nitidez, parecían comprender que su tarea consistía en acompañar con entusiasmo semejante proliferación. No tenían que saber de antemano hacia dónde debía conducir cada búsqueda. Podían sugerir una posibilidad, señalar un material, hacer una pregunta, advertir una relación que el estudiante todavía no había visto y, sobre todo, transmitirle a quien buscaba la confianza necesaria para seguir adelante cuando aquello que estaba haciendo todavía resultaba incomprensible.

Había en esa enseñanza una confianza particular en la potencia de la exploración: la idea de que una obra podía comenzar siendo apenas una intuición confusa, una acumulación de materiales, una ocurrencia absurda o una imagen que todavía no sabía qué quería decir, y que precisamente por eso había que darle tiempo para crecer. El profesor ayudaba al estudiante a seguir adelante. La enseñanza podía consistir en buena medida en decir: pruebe por aquí; mire qué ocurre si cambia esto; lleve la idea más lejos; no abandone todavía; vuelva a intentarlo.

Quizá lo que extraño de aquellos años no sea una determinada pedagogía ni siquiera una época concreta, sino la posibilidad de que la rareza permaneciera siendo rareza durante un tiempo. Una camilla de hospital podía convertirse en espacio para la pintura; una estructura de palos podía transformarse en arquitectura; un feto de látex podía entrar en una instalación; el cuerpo de una estudiante podía introducirse en una enorme bolsa; otro compañero podía hablar con los óleos mientras los revolvía a manera de ritual antes de ponerse a pintar. No había una aduana encargada de decidir de antemano qué materiales, ideas o formas tenían suficiente dignidad para ingresar al territorio del arte.

Recuerdo también la excentricidad de algunos profesores, que hacía parte natural del paisaje educativo. Un docente de teoría del arte llegó una vez a clase con un antiguo teléfono metido en una bolsa y cuando nos sentamos lo contestó. Terminó conversando durante buena parte de la sesión con Dios. La escena podía parecer absurda o incomprensible, pero pertenecía a la vida cotidiana de la escuela. El profesor seguía siendo el profesor y, después de aquello, la clase continuaba hablando de la poesía en el Romanticismo o de cualquier otro tema. Nadie necesitaba convertir aquella rareza en una tesis sobre el estado de la educación universitaria.

Tal vez hoy me resulte tan memorable todo aquello precisamente porque contenía, en miniatura, una libertad que extraño. El arte podía permanecer siendo raro. No necesitaba convertirse inmediatamente en una declaración ideológica. Una instalación podía ser grotesca, hermosa, ridícula, repulsiva o todas esas cosas simultáneamente. Una acción podía parecer incomprensible. Un estudiante podía enamorarse de una tradición que otro consideraba agotada. Alguien podía dedicarse obsesivamente a la pintura mientras otro llenaba un salón de vasos plásticos para construir un barco. Allí podían convivir el interés por el Renacimiento, la fascinación por el cuerpo, la experimentación con la abstracción, los nuevos materiales, las imágenes y los medios.

La escuela de artes parecía un lugar en el que todavía no había sido decidido de antemano qué debía interesarnos. Eso es quizá lo que más recuerdo.

Había política, naturalmente. ¿Cómo no iba a haberla? Los años noventa no estuvieron fuera de la historia ni de sus conflictos. Los estudiantes tenían posiciones diversas, los profesores tenían las suyas y también estaba quien podía decir simplemente «qué va» y desentenderse de todo aquello para seguir jugando con una idea, una materia o una imagen.

Tengo la impresión de que, al menos en mi experiencia, la política ocupaba entonces un lugar diferente dentro de la vida cotidiana de las artes. No era necesariamente la gramática mediante la cual debía interpretarse todo. Una obra podía discutirse por su forma, por sus materiales, por su relación con la tradición, por su potencia visual, por su extrañeza, por su carácter vanguardista o por la experiencia que producía antes de ser sometida a un interrogatorio acerca de la posición política de quien la había realizado.

Había tiempo para mirar. Y quizá también había tiempo para no saber.

Esto último me parece particularmente importante. Estudiar artes debería permitir que una persona atraviese un período de incertidumbre. El estudiante llega con intuiciones, obsesiones, recuerdos, imágenes y deseos que todavía no constituyen una poética. Durante un tiempo puede trabajar sin saber exactamente hacia dónde se dirige. Puede equivocarse. Puede cambiar de materiales. Puede abandonar una idea y retomarla seis meses después. Puede hacer una obra que no sabe explicar y descubrir, mucho más tarde, qué estaba buscando.

La experimentación necesita ese margen de incertidumbre. Si antes de comenzar una exploración el estudiante debe saber qué significa políticamente aquello que está haciendo, qué posición representa, qué problemática social aborda y desde qué lugar identitario habla, una parte considerable de la aventura desaparece. La obra llega al mundo con su interpretación ya amarrada.

El arte, en cambio, tiene una relación fecunda con aquello que todavía no comprendemos. Por eso me preocupa cuando la discusión política comienza a ocupar un espacio tan grande dentro de la vida universitaria que termina funcionando como una especie de atmósfera general. No porque la política deba desaparecer de la universidad. Al contrario: una universidad sin discusión política sería una universidad empobrecida. Pero una universidad en la que todo termina traduciéndose al lenguaje de las posiciones políticas corre el riesgo de perder otros idiomas: el de la materia, el de la forma, el del humor, el de la curiosidad, el de la técnica, el del extrañamiento, el de la imaginación.

Y, sobre todo, el idioma de la pregunta que todavía no sabe qué respuesta está buscando.

Por eso, después de tantos años enseñando, cuando pienso en la escuela de artes que quisiera para los estudiantes actuales, no imagino una institución en la que todos estén de acuerdo. Tampoco imagino una comunidad libre de conflictos. Imagino más bien un lugar suficientemente amplio para que una persona pueda llegar con una idea extraña y encontrar a alguien dispuesto a ayudarla a descubrir hasta dónde puede llevarla.

Imagino talleres en los que vuelva a ser posible encontrar espuma, pelo, madera, yeso, fotografías, cerámica, metal, tierra, objetos encontrados y materiales cuya presencia nadie había previsto. Concibo estudiantes capaces de construir una criatura enorme porque durante un semestre entero quieren averiguar qué ocurre cuando una figura humana adquiere una escala imposible. Fantaseo con alguien pintando un techo como si todavía fuera posible conversar con los fresquistas del Renacimiento. Pienso en un performance que desvíe cualquier sentido previo. Imagino instalaciones que obliguen a caminar, agacharse, mirar desde abajo, entrar, salir y volver a mirar.

Y al profesor cerca, no como policía de las interpretaciones políticas, sino como acompañante de aquella aventura. Alguien que pueda decir: pruebe. Alguien que pueda decir: todavía no sabemos qué es esto. Alguien que pueda decir: siga.

Tal vez esa sea una de las mayores riquezas de la enseñanza artística: acompañar a una persona mientras descubre aquello que todavía no sabía que podía hacer.

Cuando recuerdo mis años de estudiante, no recuerdo haber ingresado a una institución que me estuviera diciendo constantemente cómo debía interpretar el mundo. Recuerdo, sobre todo, haber descubierto que el mundo podía ser mucho más extraño, más amplio y más imprevisible de lo que había imaginado hasta entonces.



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