Los ventaneros:
iconografía del aislamiento y arquitectura del disenso
La serie pictórica Los
ventaneros, compuesta por once retratos de interior y dos obras de paisajes
urbanos, constituye un corpus iconográfico que busca examinar con agudeza
crítica la psicología visual del sujeto contemporáneo en la era de la
hiperconectividad digital. Los retratos presentan cada uno una figura
individual recluida en su espacio doméstico, situada frente a una ventana que
se abre hacia panoramas urbanos reconocibles: tejados de barro, cúpulas,
iglesias y perfiles arquitectónicos propios de una ciudad andina de herencia
colonial. Este dispositivo espacial —interior introspectivo frente a exterior
histórico— establece un sistema de tensiones simbólicas donde la arquitectura
deviene metáfora de la conciencia y el paisaje urbano se transforma en
escenario ideológico.
El retrato, género
históricamente ligado a la afirmación de identidad y estatus, es aquí
resemantizado: los personajes no se definen por atributos sociales
tradicionales, sino por consignas textuales inscritas en sus vestimentas.
Dichos lemas, alusivos a filiaciones políticas o posturas ideológicas,
funcionan como emblemas heráldicos de la subjetividad contemporánea. La
inscripción tipográfica sustituye al blasón nobiliario: la identidad ya no se
hereda, se proclama. Sin embargo, esta proclamación ocurre en soledad. Cada
sujeto aparece aislado, encapsulado en su recinto, con auriculares que sugieren
inmersión auditiva y desconexión del entorno inmediato. Así, la serie plantea
una paradoja central: nunca antes la humanidad había estado tan comunicada
tecnológicamente, y sin embargo pocas veces había estado tan sensorial y
afectivamente segregada.
La ventana —motivo
estructural reiterado— opera como bisagra semántica entre dos órdenes: el mundo
interior del individuo y la exterioridad social. Tradicionalmente asociada en
la historia del arte a la perspectiva y al acceso visual a lo real, aquí se convierte
en límite más que en apertura. No es un umbral de tránsito sino un marco de
observación distante. Los personajes no interactúan con lo que ven; contemplan
el afuera como quien examina una abstracción. La ventana es pantalla, no paso.
En este sentido, el motivo dialoga conceptualmente con la experiencia
contemporánea de la interacción mediada por interfaces digitales: el sujeto
observa el mundo sin habitarlo.
La factura pictórica
intensifica esta lectura. Los rostros, levemente distorsionados o acentuados en
sus rasgos, evocan una tradición expresionista filtrada por una disciplina
técnica minuciosa. Las anatomías parecen tensadas por una energía interior que
no encuentra salida comunicativa. No hay gestualidad dialógica entre figuras;
cada retrato es un monólogo visual. La individualización extrema conduce a una
suerte de solipsismo iconográfico.
El proyecto se amplía
conceptualmente con dos obras complementarias en las que aparece una torre
monumental emergiendo en medio de barrios populares urbanos. Estas estructuras
remiten simultáneamente a la Torre de Babel de la tradición pictórica europea y
a formas piramidales precolombinas. Tal hibridación arquitectónica produce un
anacronismo deliberado: civilizaciones, lenguajes y épocas se superponen en una
sola imagen. La alusión babeliana introduce el tema de la incomunicación como
destino civilizatorio; la referencia a arquitecturas americanas inexistentes en
el contexto histórico local sugiere una arqueología imaginaria, una memoria que
no fue pero que se erige simbólicamente en el presente. La torre, por tanto, no
es ruina ni proyecto: es alegoría.




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